lunes, 8 de noviembre de 2010

¿Qué es un niño malcriado o maleducado?

En nuestra peculiar forma de hablar, cuando alguien se refiere a un niño o una niña y les llama malcriados, está expresando una realidad compleja, pues el calificativo no agota lo relativo al ámbito de las buenas costumbres... De hecho malcriado y maleducado son entendidos en nuestro medio como sinónimos, pero el segundo término carece de una cierta carga sentimental que los salvadoreños añadimos al llamar a alguien "malcriado". Si observamos a nuestro alrededor, veremos cómo la malacrianza (o la "malcriadeza" como dice la gente), no es solamente una cuestión de edades, pues podemos encontrar maleducados para todos los gustos: desde niños o niñas caprichosos o desobedientes; hasta gerentes inescrupulosos o automovilistas abusivos; pasando por integrantes de maras juveniles, adolescentes "insoportables" o personas incapaces de salir de sí mismas y poder conformar un hogar estable. El muestrario de los maleducados -o malcriados, que viene a ser lo mismo-, es, pues, prácticamente inagotable.
Y es que, en el fondo, todo se reduce a una cuestión de principios: la educación debe conceptualizarse como un proceso y como el resultado del mismo. Si consideramos que no hay nunca una educación mala, sino sencillamente falta de educación, las personas estarán siempre educándose, y -visto de ese modo-, siempre estaremos "maleducados", pues nuestra formación no termina nunca; siempre hay algún aspecto de la personalidad, de los conocimientos, hábitos o actitudes que podremos educar en orden a alcanzar una mayor perfección de nosotros mismos en cuanto personas.
Por todo lo dicho se podrá comprender que puede haber personas muy bien educadas académicamente, pero maleducadas, o malcriadas, en otros importantísimas facetas de la personalidad. Así, nuestros problemas sociales encuentran su raíz más profunda en la falta de educación.
La pobreza, la desintegración familiar, el desempleo, el analfabetismo, las altas tasas de delincuencia; no tienen su causa última en razones extrínsecas tales como las estructuras sociales, la injusta distribución de la riqueza o el afán de poder que lleva a los hombres a aprovecharse unos de otros... La verdadera raíz de todas esas desgracias se encuentra en la falta de educación adecuada de las personas. Querer solucionar dichos problemas atacando solamente los factores externos que los provocan, sería tan ingenuo como pretender ignorar un ladrón en la propia casa apagando la luz con el fin de no verlo y hacerse la ilusión de que se ha ido.
Cuando la raíz del problema está en cada persona es necesario educar a cada uno y a cada una para que las repercusiones de un comportamiento personal negativo en la sociedad, disminuyan. Por ejemplo. En ciertos países se han montado grandes campañas de prevención del SIDA teniendo como supuesto que la causa del problema es la ignorancia respecto al uso del preservativo. En buena lógica, con una instrucción adecuada de los ciudadanos el problema se vería menguado, sin embargo, los resultados han sido llamativamente contrarios a lo que se esperaba: la epidemia no sólo no ha disminuido sino que con preocupación se constatan cada vez más casos de la enfermedad.
En este caso queda patente una trampa en la que los seres humanos caemos con frecuencia: la confusión que lleva a identificar la instrucción con la educación. Instruir no es educar; educar es mucho más: es instruir, sí; pero también es ayudar al educando (sea éste un alumno, un ciudadano o un hijo) a emplear la propia voluntad orientándola al bien conveniente en cada momento; es fomentar la adquisición de valores operativos; es ayudar a las personas a forjarse ideales valiosos que actúen como guía en todos sus quehaceres; es, en resumen, ayudar a cada uno a alcanzar su propia perfección global poniendo en juego todas sus potencialidades.
Se ha repetido en varias oportunidades que los principales educadores son los padres de familia, y es verdad. Sin embargo, ante la carencia de valores positivos, ante la carencia de virtudes e incluso ante la carencia de capacidades en nuestros ciudadanos; surge espontánea la pregunta ¿quién educa a esos educadores? Sin duda alguna los hijos de padres con lagunas en su educación serán, a su vez, hijos maleducados. De aquí la importancia de que cada uno procure ser responsable, de verdad, de la educación de sus hijos. Y de que las instituciones educativas a quienes en cierta forma les son confiados por sus padres nuestros niños y adolescentes (las escuelas y colegios, los medios de comunicación, la Iglesia) consideren seriamente que su labor nunca quedará completa si se prescinde de los padres de familia en la educación de las futuras generaciones.
Termino considerando nuevamente que en términos reales no es posible hablar de una educación mala, sino sólo en cuanto dicha educación deja de lado puntos importantes en la formación de los hombres. Por esto, la única manera de disminuir el número de los malcriados, es aumentar el número de los bien educados; en el sentido más profundo de la expresión.
Hay personas que consiguen educar sin castigos. dotados de humor y cariño, con tiempo y pocos niños que educar, con medios para proporcionarle un ambiente alegre y libre de tensiones fuertes, cuando los chicos tienen una dosis normal de satisfacción afectiva, entonces lo pueden hacer. todos hemos conocido padres ideales, profesores ingeniosos y amables. También nosotros podríamos conseguir mucho más de lo imaginable si pusiéramos inteligencia, humor y afecto en la tarea. Y esto sería el camino normal de la educación.
Sin embargo, la realidad es mucho más limitada en la mayor parte de los casos. Padres y maestros estamos enrolados en un sistema mal planteado por la sociedad y nosotros mismos. Las prisas y la masificación de todas las instituciones obstaculizan el ejerci cio del humor y del amor. Los niños, sometidos a demasiados estímulos y desequilibrios internos tampoco están dispuestos a una fácil disciplina y aceptación, interpretando la paciencia como blandura y el respeto a la autoridad como un juego. Y como necesitan normas, autoridad y respeto, llega un momento en que debe saber que "la cosa va en serio", porque hay unos límites que no se pueden traspasar. Aparece la sanción en escena ¿cuál sería su naturaleza?

El castigo sería un instrumento, por sí solo ineficaz, que vendría en ayuda de aquel "camino normal" de la enseñanza de las normas morales y de la amistosa persuasión. Como esas medicinas que ayudan algo, pero que no son nada útiles si el enfermo no coopera, no tiene deseo de vivir, ni se le cuida o alimenta debidamente.

El castigo sería un frenazo momentáneo a un comportamiento irresponsable o peligroso, para sí o los demás, un stop que no debería dejar al niño angustiado y mudo, sino receptivo y capacitado para cambiar.

Cuando un muchacho se porta mal habitualmente es que algo muy profundo falla en su afectividad o en su madurez intelectual. Hay que intentar entonces la tarea de arreglarle desde dentro pero la peligrosidad de su conducta exigirá también una CURA DE URGENCIA, no para remediar nada definitivo, sino para detener la hemorragia. Eso sería el castigo admisible en educación. Castigar sabiendo que lo que cura es la reflexión y buena voluntad del niño posterior al castigo. Y que impedimos esa voluntad si castigamos mal, demasiado, improvisando, dejando al niño solo, a merced del castigo, sin iluminarle alguna alternativa o caminos posibles a recorrer.
Los castigos tienen que ser proporcionados a las fuerzas de los niños que son, la sensibilidad, voluntad e inteligencia. Si un castigo moderado lo consigue no apliquemos dosis irritantes. La gran paliza, el escarmiento atroz, sin desde luego, atroces, porque quieren lograrlo todo de una vez para siempre. Los castigos corporales espectaculares son peligrosos: producen odio y resentimiento internos, humillación y desprecio de sí mismos o mayor agresividad, según los temperamentos. todo castigo desproporcionado paraliza la inteligencia del buen obrar, la comprensión de la norma. La mayor parte de los castigos corporales son castigos sin proporción.
Ahora bien, ¿cómo se halla la proporción?, la medida de un castigo no depende sólo de la gravedad objetiva de la acción cometida, sino de la mentalidad infantil o juvenil con que ésta se ha realizado. Para ellos no es tan grave lo que han hecho, y hay algo de verdad. si los castigamos como haría la ley, no lo comprenderían. En todo niño o adolescente existe el atenuante de la inmadurez, y los niños "difíciles" son enfermos de madurez. El castigo tiene que estar también proporcionado a esa inmadurez.
Los niños indisciplinados suelen ser impulsivos e irreflexivos. No ven la trascendencia de sus acciones, "total, por perder sin darme cuenta el cuaderno de matemáticas en el parque..." (casi siempre se pierden las asignaturas difíciles) "tanto jaleo por volver tarde a casa..." O bien son reflexivos pero no aceptan la norma, aunque pactaron su cumplimiento. en general, tienen un modo muy peculiar de percibir su actuación:
A) Reducen la acción a sus términos materiales, sin querer ver su fondo y trascendencia. Media hora más tarde son treinta minutos de retraso ocasional, no es para ellos riesgo de una desobediencia progresiva, o el comienzo de una libertad peligrosa (hay padres que tampoco lo ven). con ocasión del castigo alguien tiene que enseñarles lo que significa realmente la mentira, el desorden, la falta de cumplimiento de la palabra dada, el abuso de los pequeños, el espectáculo peligroso.

B) Quieren hacernos ver que sus actos surgen espontáneamente de la nada "sin querer", "por casualidad" "no me acordé". Alguien debe decirles que quien pone la causa, quién el efecto "Tu no querías hacer daño a tu hermano, pero le has dejado solo ahí subido y se ha caído".Se arriesgan demasiado, imprudencia culpable, porque no quieren dominar los impulsos de ir a lo suyo, pase lo que pase.

C) Presentan su comportamiento como aislado del mundo que les rodea, ignorando, como dice el filósofo, que nos e puede hacer aquello que si todos lo hicieran sería una ruina la comunidad. "¿Qué mal hay en que yo, de una biblioteca tan grande, haya cogido un libro pequeño?" Pero si muchos lo hicieran... No les gusta entender el sentido comunitario de la vida, lo que significa "aprovecharse de que los demás obren bien".

Por lo tanto no podemos dejar a un niño a merced de la confusión mental que pueda surgir después de un castigo. Para que la amargura no le invada, hay que explicarle de alguna manera en que consiste su culpabilidad, y por qué tiene que actuar así la persona responsable de una autoridad. Se trata de ayudarles a ver la pena como una reparación justa, y al educador o padre como responsable de unas normas y cumplidor de su deber. Quien castiga a un niño o adolescente tiene el deber de ir más allá del castigo, condescendiendo a dar alguna explicación razonable y superando la lógica indignación que tantas veces nos quita las ganas de hablar.
Cómo educar a los hijos. Criar a un niño puede ser el trabajo más gratificante y satisfactorio del mundo, pero también el trabajo para el que la mayoría de nosotros estamos peor preparados. El sistema utilizado por muchos padres es el de "tanteo", es decir, aprenden a base de cometer errores, y puede resultar complicado hacer frente a una conducta desafiante que te pone al límite de forma constante

EL RESPETO:

El verdadero profesor y padre de familia sabe acrecentar las relaciones después de una sanción con unas palabras de aliento (hay que hacerse el encontradizo), una palmada en el hombro, un reconocimiento de algo positivo "hoy te has portado muy bien, estoy contento de ti" Algo que transmita que le seguimos queriendo y tenemos ilusión por él.
 
Nada de insultos, ironías, degradaciones ante los hermanos o compañeros, etiquetas odiosas "eres un vago" "mira lo bien que se porta tu hermano, no como tú..." ¿porque el castigo ha de ir contaminado de insulto? Las ovejas negras las creamos los mayores, no las acciones inmaduras de los niños.

Tampoco hemos de ser tan deportivos y superficiales que demos la impresión de "aquí no ha pasado nada". Las decepciones y disgustos son reales, y viene el eclipse parcial y momentáneo de las relaciones afectivas. Pero tras las sombras fugaces tiene que brillar la luz de nuevo. Por encima de la reparación debe quedar intacto el afecto y el respeto a la persona del niño.

LAS CONSECUENCIAS LÓGICAS.

Llega la hora de aplicar la sanción correcta y nos quedamos perplejos "no se que castigo ponerle, que resulte eficaz". La persona que dice esto no ha entendido nada de lo que hemos dicho. No existe ningún castigo eficaz, no se debe poner el punto de apoyo de la recuperación del niño solamente en la sanción. las sanciones sólo ayudan dentro de un proceso más complejo de establecer normas, enseñar a cumplirlas, mantener diálogos y relaciones de amistad, etc., una ayuda, no un remedio eficaz. Por eso deben ser proporcionadas a sus fuerzas, no a la realidad de la falta cometida; que tiene que haber "explicación" y "respeto-afecto" después de la sanción. algunas sanciones complementarias de ese sistema son muy convenientes. Peor nada de "escarmientos eficaces".

Por ese camino se llega a la lucha armada de poder a poder entre padres e hijos. Y hay chicos tan inmaduros que se dejan matar antes que ceder, que permiten ser expulsados de la escuela y ponerse a trabajar para vencer a sus padres. Y si usted consigue amenazarle mucho y hacerle estudiar, escogerá otra manera de frustrarle: fumar, llegar tarde a casa... Usted no puede ganar a base de escalada de castigos: ellos son tan inmaduros que hacen del ganar una cuestión de honor hasta el punto de arruinar su vida.

Otros chicos y chicas lo que quieren con su mal comportamiento es llamar la atención una y otra vez, y si usted se encoleriza, hace escenas o desbarra amenazando con castigos que no puede cumplir, ellos habrán conseguido lo que se proponen: sacarle a usted de quicio y centrar la atención sobre su importante persona.

Teniendo en cuanta que la sanción es solamente una parte del proceso educativo cuyo objetivo es crear disciplina desde dentro del niño, el mejor método de sancionar es el llamado de las "CONSECUENCIAS LÓGICAS", es decir, un castigo con matiz de reparación, que sea una consecuencia lógica de su mal comportamiento "has pegado a un niño en el parque, luego no podremos ir al parque en unos días porque ese niño estará muy asustado con lo que le hiciste".

EDUCAR PARA TODA LA VIDA

Todas estas cosas son a veces más duras que los insultos o las bofetadas. Pero son más racionales y tiene sentido positivo, pues enseñan al niño a cargar con las consecuencias de sus actos. Es educar para la vida. Sin embargo, nosotros por una parte mimamos y estamos haciéndoles el juego de estar preocupados por ellos, al ritmo de sus caprichos e irresponsabilidades, y por otra parte pegamos y castigamos irracionalmente con esas cosas desproporcionadas fruto de nuestro mal humor. Pero nunca nos decidimos a educar seriamente.

A otros padres y educadores les parecerá que este método es demasiado blando, sobre todo en caso más graves como el robo. "has cogido a tu madre 300 pesetas, ahora, durante varias semanas le entregarás personalmente la tercera parte de o que te damos los domingos hasta restituirlo todo (nunca se le deja sin dinero totalmente) ¿eso es todo, para una cosa tan grave?. Como sanción puede ser suficiente. Podría usted además darle una paliza y retirarle la confianza, pero ganará más si le habla al corazón, a solas, con calma, y le razonamos las cosas, y le preguntamos qué le pasa, porque lo hizo, etc. Diálogo, tratar de ver las cosas como las ve él, cariño profundo, enseñarle el valor de la virtud y el peligro del vicio, y alguna sanción reparadora. Eso es educar.

Ricardo Rodríguez

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